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Él que la usa se envuelve en una nube de tranquilidad o se asfixia en una caja de paranoia. Nunca sabes cuál de los dos estados mentales será, pero siempre sabes que la música con tambores se eleva al cielo. Cuando ya estés bien loco, solo hay que agarrarte un lápiz y escribir todo lo que sueñe. La mota, el porro, la hierba, mota umbi, la marihuana, sea lo que sea, es única y te relaja como nada más. La naturaleza que trae paz a la mente y al mundo sin que tengas que adentrarte en una selva aromática o subir de una montaña poderosa está escondida dentro un cajón en la casa misma.
Después de enrollar un porrito, lo chupas y dejas que el humo llene los pulmones como el vapor de la ducha que juega en el baño, nublando el espejo. Respiras el aire y el humo viaja por todo el cuerpo, sacándolo de la vida fatigosa, cotidiana, pesada.
La parte del cerebro menos usada conduce los pensamientos por caminos inexplorados, menos investigados de la mente. Descubres mucho más que habías pensado que existía. Puedes manipular la imagen del mundo como quieras. No tienes que ver el mundo de una manera limitada, puedes formar tu propio mundo como si estuvieras manipulando una bola de tierra. Ahora está claro que vas a viajar en otra dimensión sin la locura que a veces te acompaña al usar esta maría de la tierra. Tal vez si estuvieras sentado en una clase de ciencias políticas, sería una situación más maniática.
No sabes la razón que estas hojas olorosas te hacen querer una montañita de comida. Es como si la boca estuviera separada del resto del cuerpo y quisiera viajar por toda la cocina devorando todo dentro los armarios y la heladera.
Después de purgar la cocina de comida, el cuerpo se relaja de nuevo y se siente todavía más relajado que antes. Es un estado de relajamiento tan impenetrable que el cuerpo solo quiere quedarse inmóvil, hundido en el sofá. Ahora como la mente se escapa a una esfera irrecuperable, te enfocas en los funcionamientos del cuerpo. El estómago ríe con felicidad a la comida que puede distribuir por el cuerpo. Toda la grasa, los nutrientes, el calcio; los va a convertir en energía para más tarde; y filtrar lo que el cuerpo no absorbe. ¡Que trabajo! Pensar en tanto trabajo te hace sentir cansadísimo, y como dormilón te acomodas entre manteles y sábanas. La pereza que corre las venas del cuerpo inmediatamente toma control y te tira en tus sueños por toda la noche hasta que tus almohadas sean parte de tu cara y estés durmiendo en una pileta de tu propia escupida.